En tantra, el cuerpo tiene que estar. No tiene que gustar

Hay una duda que aparece mucho antes de un masaje o de un taller: “¿Y si no me gusta el otro? ¿Y si no me excita?”

SEXO Y BIENESTAR

10/10/20265 min read

A veces viene dicha así. Otras aparece en forma de pedido: una foto, cierta edad, determinado tipo de cuerpo, alguien más masculino, alguien menos gordo. En los masajes individuales también pasa: antes de preguntar cómo trabajo, hay hombres que quieren una foto mía.

Lo entiendo. En la vida sexual diaria solemos empezar por ahí. Miramos una foto, un perfil o un cuerpo; nos gusta, nos excitamos y decidimos si queremos acercarnos. Parece lógico pensar que, si no hay atracción visual de entrada, no puede pasar nada.

Pero el tantra no empieza en el mismo lugar. No hace un casting.

No te pide que dejes de tener gustos. No te dice que todos los cuerpos te tienen que atraer. Te propone, por un rato, aflojar la idea de que la vista tiene que decidir todo antes de que el encuentro empiece.

El cuerpo tiene que estar. No tiene que gustar.

El filtro que ya conocemos

En una app, la evaluación es inmediata. Una foto alcanza para clasificar: sí, no, tal vez. Cuerpo, edad, cara, pelo, tamaño, ropa, cómo posa. A veces decidimos sin haber escuchado una voz ni sentido cómo nos cae la presencia de esa persona.

Es una costumbre, no una falla moral. Y también es una defensa: elegir desde lejos parece más seguro que exponerse a algo que no controlamos.

El problema aparece cuando llevamos ese mismo filtro a un espacio que está armado para otra cosa.

En un masaje tántrico no hay que encontrar un cuerpo “ideal” para que el contacto tenga sentido. Hay respiración, temperatura, manos, ritmo, nervios, confianza y tiempo. Hay alguien que recibe y alguien que da. Hay momentos en que te toca registrar qué te pasa a vos, no si estás cumpliendo con el tipo de persona que elegirías en una pantalla, un boliche o un sauna.

La atracción sigue ahí, pero deja de ser lo único que cuenta.

No es hacer de cuenta que el físico no importa

Sería ridículo decir que el físico no importa nunca. Todos tenemos preferencias y nadie tiene que forzarse a un contacto que no quiere.

La diferencia está entre tener una preferencia y necesitar que todo el encuentro dependa de ella.

Hay hombres que se sienten atraídos por ciertos cuerpos y, aun así, pueden compartir una experiencia íntima con alguien distinto. Pueden dar una caricia, recibir masaje, estar presentes y descubrir que les pasa algo que no esperaban.

Y hay hombres para quienes la objeción es tan fuerte que les ocuparía toda la cabeza: estarían comparando, esperando que aparezca alguien “de su tipo” o sintiendo que el encuentro no sirve si no cumple una fantasía previa.

Saber de qué lado estás es información importante, y no lo digo como crítica.

Cuando la mirada llega después

En Masaje a Ciegas, la primera parte es con antifaz: la cara, la edad y el cuerpo aparecen después. Ese orden no garantiza que todos te vayan a gustar ni busca engañarte con una sorpresa. Le da una oportunidad a algo que, si empezara por la mirada, capaz ni siquiera llegaría a existir. Cómo funciona lo cuento en Por qué a ciegas: primero tocás, después ves la cara.

Hay hombres que descubren ahí que la excitación no siempre nace de ver un cuerpo que encaja con una idea previa. Puede aparecer por el roce, por sentirse cuidado, por dar placer, por bajar la guardia, por estar con otros sin tener que rendir examen.

El cuerpo deja de ser una foto que aprobás o descartás. Pasa a ser alguien que respira, siente y está compartiendo con vos.

Por qué no todos los formatos sirven para la misma objeción

Conexión Lingam y Masaje a Ciegas comparten una base: el contacto no se trata de elegir cuerpos como si fueran perfiles. Pero no piden lo mismo.

En Conexión Lingam hay más tiempo de trabajo. Se habla, se entiende el encuadre, las dinámicas van de a poco y, para cuando llega la práctica, muchas de esas defensas ya se aflojaron. Por eso puede ser un buen lugar para alguien que tiene dudas fuertes con los cuerpos ajenos, pero quiere revisar qué le pasa con eso.

Masaje a Ciegas va más directo. Es una experiencia para tres hombres, con menos preparación grupal y una entrada sensorial desde el principio. Si alguien me dice que no podría estar ahí si no le gusta físicamente quien le toca, y esa objeción es muy fuerte, prefiero decirle que no participe. No porque esté mal tener esa dificultad, sino porque el formato no está para poner a prueba a los otros dos ni para sostener una decepción anunciada.

El filtro previo existe justamente para eso: cuidar a quien consulta y también a quienes van a compartir el encuentro.

Pedir una foto también habla de una necesidad de control

Cuando alguien consulta por un masaje individual y pide una foto mía antes de preguntar por el trabajo, suele estar buscando asegurarse de que la experiencia le va a funcionar antes de vivirla.

De nuevo: se entiende. Venimos de una cultura donde el deseo se organiza mucho desde lo visual, y donde exponerse sin saber exactamente qué vas a encontrar puede dar ansiedad.

Pero un masaje no es una cita por una app. No se reduce a si la cara del masajista coincide o no con una fantasía. Mi trabajo está en cómo te recibo, cómo leo tu cuerpo, cómo marco un ritmo, cuándo aflojar, cuándo sostener y cómo hacer que no tengas que defenderte todo el tiempo.

Una foto no puede contar eso.

La práctica no te obliga a que te guste todo

Hay una confusión frecuente: creer que abrirse a una experiencia corporal significa no poder decir que no.

Es al revés.

En tantra, un límite sigue siendo un límite. Podés decir qué no querés, pedir menos presión, frenar una parte o no continuar. Nadie tiene que demostrar que es desinhibido, moderno o “evolucionado”.

Lo que se trabaja es poder estar con un cuerpo diferente al que imaginaste sin convertir esa diferencia en rechazo automático. Poder notar si realmente no querés contacto, o si lo que apareció fue vergüenza, comparación, miedo a no gustar o necesidad de controlar.

No siempre vas a tener la misma respuesta. Y no pasa nada.

El cuerpo que llega alcanza

Hay hombres que se sienten cómodos con su cuerpo y otros que vienen cargando años de comparación. Algunos se preocupan por la panza, el peso, la edad, la piel, los genitales o una respuesta sexual que no aparece como quisieran. De eso hablo en qué pasa si te da vergüenza tu cuerpo en un masaje.

Traer un cuerpo que no encaja con una foto de revista no te deja afuera de la intimidad. Tampoco te vuelve un problema que otro tiene que “aceptar”.

No busco convencerte de que todos los cuerpos te tienen que gustar. Busco que dejes de pedirle a la apariencia que resuelva por vos, antes de que el cuerpo tenga la chance de hablar.

En estas experiencias, tu cuerpo no tiene que rendir. No tiene que competir. No tiene que gustar.

Tiene que estar.

Tu cuerpo es mensaje.
Que diga lo que vos elegís

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