¿Qué pasa si me da vergüenza mi cuerpo en un masaje?
No necesitás sentirte cómodo para venir. La comodidad se construye durante la sesión, no antes
MASAJES: ANTES, DURANTE Y DESPUÉS
8/18/20266 min read


Hay una pregunta que aparece muchísimo más de lo que los hombres admiten, y casi nunca se dice en voz alta: "¿y si a nadie le gusta mi cuerpo?".
No aparece sola. Viene con nombre propio: la panza, la piel que perdió firmeza, los genitales. Siempre hay una zona que se lleva toda la atención, y siempre está medida contra otra cosa: contra cómo era antes, contra otro tipo, contra lo que uno cree que debería ser.
Eso ya no es tener un cuerpo. Es tener un cuerpo bajo evaluación permanente.
La vergüenza no es el problema. La tensión sí.
Sentir vergüenza no invalida nada. Lo que sí interrumpe el masaje es lo que la vergüenza te hace hacer:· taparte todo el tiempo
respirar corto sin darte cuenta
quedarte en alerta
no poder soltar el cuerpo
Ahí el cuerpo no descansa: se defiende. Y un cuerpo defendido no recibe. Por eso no hace falta que llegues resuelto. Hace falta que llegues.
El problema no es el cuerpo
Es el juicio constante con el que aprendiste a habitarlo. Cuando un cuerpo vive siendo evaluado —por uno mismo, todo el tiempo— deja de ser un lugar donde sentir y pasa a ser otra cosa: algo que hay que corregir, esconder o defender.
Corregir: la dieta que empieza el lunes, la faja, la postura.
Esconder: la remera que no se saca ni en la playa, la luz apagada.
Defender: el chiste que hacés vos primero, antes de que lo haga otro.
Las tres cosas son trabajo. Y todo ese trabajo lo hacés mientras se supone que te estás relajando.
No es solo la panza o la edad
Muchas veces lo que incomoda no es lo que se ve a simple vista. Es más íntimo:
el tamaño o la forma de los genitales
cómo se ve o se siente la zona anal
quedar vulnerable en una postura
que te miren mientras no podés mirar
Y algo que sorprende: acá llegan tipos con cuerpos de gimnasio, en mejor estado que el promedio, con inseguridades que desde afuera no se notan. No hay una correlación entre cómo se ve un cuerpo y cuánta paz tiene el tipo adentro. Todos tenemos algún lugar donde nos sentimos expuestos.
"Sí, pero vos viste muchos"
Esta es la que casi nadie dice y aparece igual, de costado. A veces como chiste, cuando ya estás en la camilla: "debés estar acostumbrado a ver mejores que este". Es cierto que vi muchos cuerpos. Lo que no es cierto es lo que se supone que pasa con eso.
Cuando ves cinco cuerpos, tenés cinco cuerpos y los comparás. Cuando ves miles, dejás de ver cuerpos: ves zonas de trabajo. Una espalda cargada. Una cadera que no rota. Piel que pide otra cosa. La cantidad no arma un ranking — lo disuelve, porque no queda contra qué medir.
El que sí tiene un ranking armado sos vos. Y lo trajiste puesto.
Y sí, del otro lado también hay un tipo
No un médico, no un aparato. Un tipo. Eso está y no tiene sentido hacer como que no. Hay gente que me lo dice al final: que la primera vez le impuso, que pensó que iba a haber algún tipo de evaluación. Y hay algo que escucho más seguido de lo que me gustaría: "pensé que no me ibas a atender".
Por gordo. Por viejo. Por feo. Alguien que asumió que había un filtro de entrada y que no lo pasaba.
No hay filtro. Nunca lo hubo. Acá entró de todo: tipos de 25 y de 70, cuerpos que hace veinte años que nadie toca, panzas, cicatrices, operaciones, gente que llegó pidiendo perdón por su propio cuerpo antes de sacarse la remera.
Y hay otro juicio, que ni siquiera está en la sala
Este pesa más que el mío y casi nunca se nombra: el de los que no están.
"No quería hacérmelo porque van a pensar que es cosa de gay."
"¿Y si me depilo ahí, eso qué me hace?"
"Vos que ves muchas, ¿la tengo bien?"
Parecen tres preguntas distintas. Son la misma, y no es sobre el cuerpo: es sobre si vas a seguir contando como hombre después de hacer eso.
Nadie tiene pánico de que digan "se depiló". Tienen pánico de que digan "no es del todo un tipo". Por eso la reacción es tan grande para algo tan chico: no se está jugando el pelo, se está jugando la categoría.
De dónde salió esa lista
Alguien te pasó una lista de lo que puede hacer un varón, y vos nunca la pediste.
El hombre no siente. El hombre aguanta. El hombre no se toca. El hombre no pide. Y por supuesto: el hombre no se cuida, no se depila, no se hace nada en la cara y no se acuesta en una camilla a recibir sin dar nada a cambio.
Eso no es un defecto tuyo. Es lo que queda después de décadas de vivir el cuerpo desde el aguante.
Lo que sí puedo decirte es lo que veo todos los días. Acá vienen casados, solteros, heteros, gays, tipos de 25 y de 70. Hacen todas las cosas de esa lista y ninguno dejó de ser lo que era. Se van con la espalda suelta y la cara descansada, y nadie les pidió el carné en la puerta.
Cuidarte no te quita lo varón. Si algo, te lo afirma. Y depilarte no te hace nada. Te deja depilado.
Y el último: que te delate lo que sentiste
Este aparece después, ya adentro de la sesión, y es el que más piden perdón.
Se te para en la depilación y lo primero que pensás no es "qué incómodo": es "va a pensar que soy un alzado". Pedís algo puntual y lo pedís justificándote, midiendo si eso te deja mal parado. Tu cuerpo reacciona de alguna manera y te disculpás por la reacción.
Escuché muchas veces alguna versión de "tenía miedo de que te quedara un mal concepto mío por haberte pedido eso".
Te lo digo derecho: no me quedó ningún concepto. Ni de vos ni de nadie. Que un cuerpo reaccione es lo que hacen los cuerpos cuando alguien los toca con tiempo y sin apuro — no es un dato sobre tu carácter. Y pedir lo que querés es la parte fácil del trabajo, no la sospechosa.
Nadie tiene que disculparse por lo que sintió. Acá no hay nada que perdonar porque no pasó nada malo.
Cuando me piden que sea yo el que dictamine
Pasa seguido, y siempre con la misma forma: "vos que ves muchas, ¿la tengo bien?".
"¿Vos qué decís, esto es de gay?".
Entiendo de dónde sale. Si hay alguien que puede dar el veredicto, mejor escucharlo de una y terminar con la duda.
Pero no lo voy a dar, y no es por evasivo. Si te contesto que sí, te estoy confirmando que hay una escala, que yo la manejo, y que la próxima vez que te desnudes vas a estar esperando la nota.
Contestar esa pregunta —para bien o para mal— es lo que la deja viva. Acá no hay nota. No porque te esté cuidando: porque no la estoy poniendo.
Lo que pasa al final
Casi todo lo de arriba se arma antes de entrar. Lo que pasa cuando la sesión termina es bastante más aburrido.
Al final se charla un poco, según cómo venga cada uno. No te voy a pedir una devolución ahí mismo: recién saliste de un estado y ponerte a explicarlo te devuelve a la cabeza justo cuando habías salido de ahí. Si te sale contarlo, se habla. Si no, no pasa nada.
Lo que escucho, cuando lo escucho, es siempre parecido: que la pasaron bien, que fue más atural de lo que esperaban, que en algún momento dejaron de estar pendientes. Alguno lo dice más directo: "me sacaste la vergüenza".
No es que yo haga algo especial para eso. Es que la vergüenza necesita que la estén mirando, y adentro de una sesión nadie la mira. Se queda sin trabajo y se va sola.
Tu cuerpo no tiene que gustar. Tiene que estar.
No tenés que rendir. No tenés que estar a la altura. No tenés que resolver nada antes de venir.
Si sentís vergüenza, se respeta. Si necesitás tiempo, se toma. Si hay una zona que preferís que no se toque, se dice antes y no se toca. Si querés taparte con una toalla, la pedís y se pone, sin explicaciones.
El masaje no empieza cuando te desnudás. Empieza cuando dejás de pelearte con tu cuerpo.
Y eso, muchas veces, es el verdadero trabajo.


